Todo lo que la gente toma tiene que ir a parar a alguna parte. A través de inodoros y otros desagües menos innobles, todo lo que no se hace humo termina en un solo lugar: el océano madre.
Alan Ford, un biólogo marino de la Universidad de Portsmouth, en el Reino Unido, descubrió que los residuos de drogas en el mar no son del todo inocuos. En un reciente estudio sobre toxicología acuática, el doctor Ford explica que la fluoxetina –comercialmente conocida como Prozac– afecta a la fauna marina. Cuando los camarones se ven expuestos a este popular antidepresivo, se vuelven suicidas.
Estos animales suelen nadar alejándose de la luz, ya que para ellos no conlleva nada bueno: significa predadores, ya sea pájaros o barcos pesqueros. Los camarones afectados por la fluoxetina, no obstante, tienden a comportarse de forma totalmente opuesta: nadan hacia la luz.
“Los crustáceos son esenciales para la cadena alimentaria”, escribe Ford en su estudio, “y si su comportamiento natural está cambiando, esto podría afectar el balance natural del ecosistema”. Habrá que elegir en el futuro cuál es la opción más tolerable: que se suiciden los humanos o los peces.
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